Las esquirlas de mi corazón desgarran la carne, atraviesan los pulmones.
Cada bocanada es un naufragio: duele respirar tu ausencia.
Me abandonas en mitad de la tormenta, con el filo salado de tus besos
escurriéndose como cuchillas, ahogándome en un océano que grita tu nombre.
No te seguí: comprendí que huyes hacia lo visible, lo tangible,
porque lo innombrable te golpea con la furia de las olas,
y esa violencia te aterra.
No miraste atrás, y entonces supe que me hundía sola,
que mi cuerpo era un barco roto, astillado en tu silencio.
Los latidos de este corazón quebrado resonarán como cadenas oxidadas
en las cuerdas que sostienen tu universo.
Espero el alba para arrastrarme hasta la orilla,
si es que el agua, verdugo implacable, me concede piedad.