Mi mundo previo a ti era prisionero
de un corazón rendido a la abstinencia,
sin tiempo que ofreciera resistencia
al tedio de un sombrío minutero.
Me había aclimatado al bajo cero,
y cuando tiritaba mi existencia,
tras una larga noche en la inclemencia
llegaste como llega el sol de enero:
Abriéndote camino entre glaciares
para arrancar mi vida del letargo
y alzarla hasta un nivel primaveral,
y desde entonces, fuegos malabares
caldean mis inviernos a lo largo
de un reino en el que tú eres capital.