Sin saber cómo, el alma la pronuncia,
aunque el labio su nombre niegue fiel;
es sombra que en la noche se denuncia,
es eco que no sabe enmudecer.
Tal vez sea el recuerdo que, piadoso,
al ver mi corazón desfallecer,
le presta al pensamiento su reposo
y vuelve lo perdido a florecer.
En sueños la poseo… ¡triste gloria!,
pues sueño y realidad son ya un umbral;
allí el ayer se trueca en viva historia
y el tiempo olvida el rumbo de su andar.
Mi vida se detuvo al verla un día,
—temblor que aún no aprende a terminar—;
desde entonces el mundo es agonía
y el alma, un solo acto de esperar.
¡Oh lucha silenciosa de la noche,
por no llamarla y oírla resonar!
Que su voz es veneno y es derroche,
dulzura que no quiero abandonar.
Vivir… pudiera, sí; mas vida es nada
si falta la razón de su existir;
pues fue mi luz, y aun siendo retirada,
vive en mi pensamiento y en mi sentir.
Está en la senda muda que cruzamos,
en la escena que juntos vi pasar;
yo la espero sin plazo ni reclamos,
con fe que no se cansa de aguardar.
Si vuelve, no habrá llanto ni reproche,
ni el peso de un pasado que dolió;
un beso bastará, breve y de noche,
para decir lo mucho que calló.
Porque después de ella soy más suyo
que mío, más recuerdo que razón;
y al camino que vuelva hacia este arrullo
le doy por luz mi fiel contemplación.
Que me vea…
yo espero.
Nada más sabe hacer mi corazón.