No tengo prisa.
Ni siquiera sé a dónde quiero llegar.
Camino porque quedarme quieto duele más
que avanzar sin mapa.
Ya corrí otras veces creyendo que la velocidad era una respuesta y solo aprendí a llegar antes al desastre.
Ahora intento que el tiempo me roce despacio,
que las preguntas respiren sin exigir destino,
que el miedo no mande, pero tampoco se calle.
No busco llegar primero,
busco no perderme otra vez en el ruido.
Y si algo me espera al final,
que me encuentre entero,
con los pasos exprimidos y la voz intacta.