Cristian White

Dulce velada

En lo imperante, en lo callado;

desnuda rama de mi sombra.

Sujeta mi piel de las tinieblas 

con tu piel de fulgurante precio.

 

Tiemblan tus entrañas ceñidas de silencio,

con las comisuras de tus labios, la savia

de gloria y juventud, de incesante hoguera

socava mis miedos a carcajadas.

 

Comprendo que la muerte tiene inconvenientes,

manchados de sangre lúcida y distante.

Hunde tu cuerpo con el mío

lléname de promesas y no me dejes solo.

 

No pongas límites y haz justicia,

deja volar mi pasión enamorada,

deja que tú enredadera florezca

en este pozo seco: aquel amor con su llama.

 

Desvía tus besos y a lo lejos,

cúbrelos de fantasmas y aléjalos,

deja que mis seres desempeñen

hasta el fondo tu música.

 

Me has traído con la fiebre poética

de tus manos, me has besado frente

al páramo, amiga mía, confidente,

déjame partir mis miradas opresoras.

 

Arremete contra mi yugo,

contra mi inocencia, déjame ser parte

del primer coro de la muerte;

desnuda parada. Desnuda encima de mí.

 

Barniza con tu lúgubre amor

mi piel, deja que la tarde se derrame

sobre mis hombros que sin ti,

el aterido vergel 

lleva mis deseos en aquella lágrima

que salta sobre mi cuerpo.