Lourdes Aguilar

EL RETRATO

Hay un cuadro colgado en la pared, un cuadro de alguien cuyo nombre no se recuerda ya, hay tantos como él, tantas mujeres cuya imagen cuelga en una pared, habitantes del mismo mundo pero no igual, una mujer sola, querida y odiada tal vez, una belleza estática en el tiempo belleza sujeta a criterios y prejuicios, ella, coqueta, posando en una silla de madera, sosteniendo unas flores capturada al menos hasta que el papel soporte y se desintegre con ella.  

Hay una foto que mira desde un tiempo pasado, un tiempo congelado en sus ojos traviesos, ojos con deseos de explorar, una criatura a la cual el mundo de entonces engulló y de la que no se volvió a saber. Hay una foto mirando desde la pared, con un atuendo en desuso y sin embargo tan simbólico, al menos para quienes han escuchado relatos de abuelos o abuelas junto a sus camas, relatos de cuando la única luz conocida era la del sol o las velas, cuando las cámaras eran artículos de lujo y la memoria un prodigioso disco duro capaz de almacenar la vida y milagros de tres generaciones anteriores, repartidas como golosinas en la ávida curiosidad de sus oyentes. Hay una foto tras un vidrio preservando la imagen replicada en algún sitio, en otro ser, en otro rostro, un rostro que mira desde el infinito hasta el infinito, sus facciones naturales, su expresión natural, su atuendo milenario detrás de un fondo simple al cual el tiempo ha restado brillo, como expresando un tiempo que se niega a extinguirse mientras permanezca. 

Una foto, una historia, un legado, un alma que vino y se fue, acumulando alegrías y tristezas, manos que aprendieron a jugar, a trabajar, a acariciar, pies que inevitablemente dejaron huellas y todo ello presente en su imagen, exponiéndose a mentes inquisidoras (si aún hay) que pretenden ver más allá de lo evidente, porque a veces, mucho o pocas veces, lo evidente engaña, lo evidente aburre y una imagen quieta nos intriga, nos inspira, nos da la impresión de ser más veraz que aquello circundante, invitándonos a penetrar en su dimensión, objetos que no conocimos, moda que no usamos, aquello captado en un momento de la historia, un habitante que nos precedió y ahora pretende hablarnos con sus labios quietos, mostrarnos lo que miraron sus ojos, acompañarnos por sitios irreconocibles actualmente, cuya compresión (la suya y la nuestra) son incompatibles entre sí, un testigo mudo de lo que fue y no volverá.  

Han pasado el tiempo, el mundo es el mismo, pero no igual, la mujer estancada en su juventud, la misma pero no igual, su vida y su muerte únicas como estrella en el firmamento, pasan los años, la carne se queda, las memorias grabadas en los átomos de los espacios vacíos, penetrando por medio del aire que aspiramos, impregnándonos los dedos con las huellas que otros dejaron y muy pocos perciben porque normalmente no tenemos tiempo ni deseos de indagar más allá de nuestro pasado inmediato, acaso ocupados en un futuro que nos ilusiona o nos aterra, porque hemos perdido la capacidad de percibir y no nos interesa ver rostros mirándonos de tan lejos.