Augusto Fleid

Un día de paz

 

El reloj me carcome lento.

La noche, en sueños, murmura su intento.

Lo abstracto se vuelve arcano,

violines en mi ventana: gorriones tempranos.

 

 

Otra mañana violenta.

Calles caóticas, rutina sedienta.

El sueño regresa tardío,

como quien espera lo perdido.

 

 

Gigante es la frustración del minuto,

una hora se escurre sin fruto.

Cada gota que cae es condena,

vida finita, sistema que reina.

 

 

Busco refugio del tedio,

ver si me las piro del medio,

a un sitio donde la calma me abrace

y no pregunte qué me hace.

 

 

Pero sigo girando en lo mismo,

cargando deberes, venciendo al abismo.

Mi cabeza da vueltas en ajenas 

fechas que no son mis penas.

 

 

Camino donde otros andan,

nadie recuerda lo que pisan ni dejan.

Y donde empezaron mis huellas un día,

no quedó sombra,

ni voz,

ni guía.