En esta noche de año viejo,
cuando la hora nueva sea,
cuando mi luna y tu sol
se prodiguen tequieros
a escondidas
sobre tejados en vela,
no estaré solo,
tendré tu mano
pequeña y amarilla,
de vuelo de pájaro,
acurrucada en las mías.
Y vos, en tu copa,
un verso derramado,
que en el instante exacto
te besará
con dos coronas.
Doce pasos cansados,
doce letras en tu nombre:
—que las doce—
ya están dando.
Feliz año, mi bien.
No estaré solo,
porque me habitas
en este lado del tiempo,
remota,
inevitable.
Y vos tampoco,
porque nadie
estuvo a tu lado
como yo,
sin tocarte.
Claudio M. López ©