El niño llora en Gaza,
y el mundo, distraído, bosteza.
El pan arde en la hoguera del hambre,
y la conciencia se sienta a mirar la pantalla.
Se acostumbra el ojo al escombro,
se acostumbra el oído al lamento,
se acostumbra la carne a la sombra
del miedo que nunca es ajeno.
El hombre calla, y en su silencio
se pudren los frutos de la empatía.
¿Quién puso precio al grito?
¿Quién rebajó la sangre a noticia?
No hay tierra lejana:
toda lágrima moja el mismo río.
Y cuando muere un niño en Palestina,
muere también mi hijo,
y tu hermano,
y la raíz del hombre entero.
Antonio Portillo Spinola