Bruno Gatica 1

Cuando las horas sueltan sus alas

Y ahora llega este último día del año, con su reloj respirando lento, como si también él dudara antes de dejarse caer en la medianoche. No sé si es despedida o simple tránsito, pero siento que algo en mí se inclina hacia lo que se va, mientras otra parte afila el oído para escuchar lo que aún no llega. Hoy el calendario parece un espejo más: uno que refleja lo vivido sin promesas, pero con una calma extraña, como si quisiera recordarme que no hay cierre absoluto, solo páginas que siguen escribiéndose.

 

En este día final, el tiempo parece detenerse un segundo más sobre cada cosa: en la luz fría de la mañana, en los pasos que dejo sobre el suelo, en las palabras que no dije pero aún vibran dentro como campanas mudas. Pienso en lo que quedó atrás y descubro que no todo es pérdida; algunas heridas se volvieron brújulas, algunos silencios aprendieron a sostenerme mejor que cualquier voz.

 

Mientras el año se apaga, siento que lo que termina no se va del todo: permanece como una raíz secreta, alimentando lo que aún no florece. No espero milagros de la medianoche, pero tampoco los niego. Tal vez el primer segundo del año nuevo sea apenas un latido más, pero hay latidos capaces de cambiar la forma en que respiramos.

 

Así cierro este ciclo: sin certezas completas, pero con una suavidad que no tuve antes. Porque he entendido que el final de un año no es un límite, sino una puerta entreabierta. Y aunque no sé qué vendrá, me basta con saber que sigo aquí, sosteniendo mis fragmentos, caminando hacia la luz tenue que promete el amanecer.