Sabía que el cambio era inminente;
ya el cuerpo dolía de tanto andar
el camino inclinado, imponente,
que el destino me hizo caminar.
Esa noche, en aquella casa humilde
que ofreció su techo sin dudar,
no hubo promesas ni discursos:
solo un plato servido…
y un lugar donde descansar.
Yo, callado, cansado y alerta,
con el pecho apretado al respirar,
quise decir “gracias” sin saber cómo,
porque la voz
también se puede quebrar.
Esa familia humilde y sincera
no preguntó, no quiso explicar;
abrió la mesa, abrió el silencio,
como quien sabe
lo que es necesitar.
Y lloré en silencio, sí, toda la noche,
no por tristeza, sino por dignidad;
porque aceptar abrigo cuando no tienes nada
también
enseña a llorar.
Ese llanto, guardado muy adentro,
me habló sin palabras, sin moral:
no juzgar al que cae en el camino
ni al que da
sin mirar atrás.
Desde entonces acepto lo que llega,
no como limosna, sino como verdad:
hay actos tan puros en esta vida
que no se pagan…
solo se aprenden a honrar.
Jesús Armando Contreras