LONGEVIDAD A TODA PRUEBA
Pasados ya muchos años se anima
a comprobar si la frondosa higuera que recuerda a menudo
de verdad ha existido o sucede, tal vez, que la memoria
la ha inventado,
que ha exagerado el lado poético del paso del tiempo,
o que, simplemente, la memoria ha puesto cosas de su cosecha,
ideas, sensaciones de corte mágico o literario.
Pero resulta que sí, que está allí, que sigue
en el mismo punto, asomada sobre el borde del barranco.
Como de costumbre, ninguna nube tapa
el sol de media mañana, que es un sol de primavera,
fresco pero también fulgente
contra las húmedas superficies de tierra.
Es la misma higuera que recuerda de sus andanzas
juveniles, pero mucho más vieja
y ya reducida al tronco,
con un par de ramitas atrofiadas que apenas sobresalen
y rayan el azul firmamento,
mucho más cerca de un monolito que de un árbol.
¿Y así, casi sin vida, exánime,
es la misma que
proporcionaba cestas de jugosos frutos?
Sí, pero ahora se levanta de otro modo, como si hubiera
resistido, sin queja, todo este tiempo las circunstancias
contrarias: los terremotos, sequías, talas de pinos.
Sigue allí, aún vigente,
aunque convertida en otra,
con apariencia de objeto.
Ha sido difícil encontrarla porque ha perdido
su pompa característica, y es como si
la decrepitud manifiesta en todos sus pormenores
no hubiera menoscabado su obcecación del principio,
desde el jardín de la infancia,
su estímulo originario.
Gaspar Jover Polo