Jesus Armando Contreras.

Una parte del alma en custodia

Había edificios
donde el aire no circulaba.
No porque faltaran ventanas,
sino porque nadie se atrevía a abrirlas.

Adentro se aprendía
el arte de mirar al frente
mientras todo ocurría al costado.

El entrenamiento era simple:
ver sin ver,
oír sin responder,
respirar sin hacer ruido.

A ese lugar le decían trabajo.
Pero se parecía más
a una jaula sin barrotes,
donde se entraba caminando
y se salía igual,
solo que más callado.

Había gestos obligatorios:
aplaudir cuando tocaba,
marchar cuando lo pedían,
repetir palabras
que no habían nacido
ni en la boca
ni en el corazón.

Se vio a hombres sostener pancartas
como quien sostiene una culpa.
Voces fingidas
temblaban más que el cuerpo.
Amigos lloraban
no por miedo,
sino por no poder pensar en voz alta.

En medio de todos
también se empujaba,
no por convicción
sino por cuidado.

Era una forma torcida de dar aliento:
obedecer
para que el día terminara
con todos vivos,
con todos enteros.

El precio era siempre el mismo:
una parte del alma
puesta en custodia.

Se estaba allí.
Cumpliendo órdenes.
Separándose de uno mismo
para sobrevivir.

Desde afuera debía parecer normal.
Desde adentro
el silencio tenía un sabor amargo,
como metal en la lengua.

No se gritaba.
No se denunciaba.
No se escapaba.

Se permanecía atento,
sosteniendo a otros
para que no cayeran primero.

Y se entendía, aunque tarde:
hay lugares donde la esclavitud
no necesita cadenas,
solo costumbre
y miedo bien administrado.

Aun así,
quedaba una luz pequeña.
No alumbraba el camino.
Apenas alcanzaba
para no soltar a los otros
en la oscuridad.

Jesús Armando Contreras.