Me dan miedo las relaciones, no por falta de ganas, sino por el peso invisible de lo que uno entrega sin saber si vuelve igual.
Me asusta abrir la puerta y que el pasado entre primero, que las viejas heridas hablen más fuerte que la voz de lo que podría ser.
Temo a los silencios que duelen, a las promesas que se quiebran, a los gestos que parecen puentes pero terminan siendo fronteras.
Y aun así, entre tantos temores, hay una chispa terca que insiste en creer que no todo vínculo lastima; que también existe la forma suave de sostener a otro sin... romperse.
Quizá no es miedo a las relaciones, sino a perder en ellas; pero algún día —lo sé— entenderé que amar no debería sentirse como caminar descalzo sobre incertidumbres.