La inseguridad de ser diferente
devoraba mi mente, como larvas en carne podrida.
Me convertí en la peste de mi sociedad.
Me señalaron como loco y un pobre insensato;
fui arrojado al abismo de los hombres,
pues ¿quién aguarda a un marchito?
Al borde del vacío, la Soledad
me acogió. Entregó su lealtad a este loco,
como espada para un guerrero caído.
Toda inseguridad fue cercenada por mi espada; la desolación me hizo
aceptar lo que era: un ermitaño.
Y junto a mi aliada, ascendí del abismo.
Mis ojos, con la luz del que despierta,
vieron una sociedad enmascarada,
ocultando sus grietas; su puerta
siempre cerrada a una verdad quebrada.
Comprendí al fin el porqué del exilio:
yo vivía sin miedo al desnudo de mi ser.
Soy abeja en un panal de avispas.
Y así como logré renacer entero,
arrancaré toda máscara que cubra a la sociedad.
Pues no hay peor prisión
que la cárcel de la inseguridad.
—La muerte y el loco.