Henry Pumacayo p

EL LUGAR DONDE EL FRIO APRENDIO A SENTIR

 

Cuentan los años —cuando el tiempo todavía sabía esperar— que el mundo estuvo gobernado por un ser llamado Don Frío.

No siempre fue así.
Pero los siglos, las despedidas y las promesas incumplidas lo fueron endureciendo.

Aprendió demasiado pronto que sentir era un riesgo. Todo lo que alguna vez quiso terminó marchándose, y cada ausencia dejó una marca más profunda que la anterior. Con el tiempo, confundió protección con aislamiento y llamó orden a la renuncia.

Por eso eligió la quietud.
Por eso eligió el silencio.
Por eso eligió el frío.

Pasaba los días tendido en su vieja hamaca de pereza, observando un mundo inmóvil y gris. Las calles parecían suspendidas en un eterno ayer; los recuerdos dormían cubiertos de polvo, y nadie se atrevía a soñar demasiado. Allí nada dolía… porque nada esperaba.

Don Frío estaba convencido de que así debía ser.

Hasta que, sin aviso alguno, llegó ella.

No irrumpió.
No anunció su llegada.
Simplemente apareció, como si el mundo la hubiera estado aguardando sin saberlo.

Traía luces escondidas en los bolsillos, música suave en la risa y una sonrisa tan viva que despertaba abrazos incluso en los corazones más cansados. A cada paso suyo, algo olvidado volvía a latir: las calles recuperaban color, los recuerdos se desperezaban, y una sensación peligrosa comenzaba a circular en el aire.

Esperanza.

—¿Qué es esa bulla? —rugió Don Frío, incorporándose con molestia—. ¿No sabes que aquí está prohibido todo lo que tenga que ver con la ilusión?

Ella se detuvo.

No discutió.
No se defendió.

Lo miró con ternura, de esas que no juzgan, como quien reconoce un cansancio antiguo, de esos que ya no saben llorar.

—Vengo del mundo de “no sé dónde” —dijo al fin—. Y creo que este lugar necesita encuentros… y un poco de luz.

—Aquí no necesitamos nada —respondió Don Frío—. El silencio es orden. La soledad es seguridad. Todo lo demás termina doliendo.

Ella bajó la mirada.
Por primera vez, dudó.

Había recorrido muchos mundos, había encendido sonrisas en lugares rotos… pero aquel no estaba roto. Estaba cerrado. Y eso era distinto.

—Tal vez… —susurró— tal vez llegué demasiado tarde.

Entonces alzó la vista y dijo:

—Mi nombre es Navidad.

Algo se quebró dentro de Don Frío.

No fue un estruendo.
Fue una fisura mínima, casi imperceptible, por donde se coló un calor antiguo. Un recuerdo sin forma. Una emoción que creyó extinguida.

—¡No! —gritó, retrocediendo—. Llamaré al Silencio para que apague todo lo que traes. Aquí no compartimos. Aquí la sonrisa no tiene lugar en nuestra mesa.

Navidad dio un paso atrás. Pensó en marcharse. Comprendió, por primera vez, que incluso la luz puede cansarse de insistir.

Pero antes de hacerlo, sintió otra presencia.

Venía corriendo, con promesas en los ojos y un reloj latiendo en el pecho.

—Siempre llegas antes que yo —dijo con una sonrisa—.

Era Año Nuevo.

—Tú traes reencuentros y amor —continuó—.
Yo traigo sueños, locura y caminos por empezar.
Juntos recordamos a los mundos que aún pueden cambiar.

Don Frío los observó en silencio.

Quiso expulsarlos.
Quiso odiarlos.
Quiso volver a su quietud segura.

Pero algo dentro de él —aquello que había enterrado bajo siglos de hielo— se resistió.

Navidad y Año Nuevo se tomaron de la mano sin pedir permiso. No impusieron nada. No gritaron. Solo estuvieron. Rieron. Se abrazaron. Encendieron luces que no podían verse, pero sí sentirse.

El Silencio retrocedió apenas.
Las calles despertaron con timidez.
El mundo respiró, como quien vuelve del fondo del agua.

Don Frío no se unió a la celebración.
No sonrió de inmediato.
No comprendió del todo lo que estaba ocurriendo en su pecho.

Pero tampoco lo detuvo.

Y para alguien como él, eso ya era un acto de valentía.

Dicen —solo dicen— que esa noche, mientras el Año Nuevo contaba sueños y la Navidad repartía luz, Don Frío llevó la mano al corazón.

Y aunque no lo admitió,
aunque no lo buscó,
aunque apenas lo comprendió…

algo volvió a latir.