Es en plena noche cuando el dolor aparece.
Mis ojos volcados al techo.
En la oscuridad total,
la tristeza se desplaza por todo el cuerpo.
Qué extraño es saberse frágil.
Llorar sin razón aparente, devastador.
Una ardiente melancolía
brota como manantial
de aguas turbias, imprecisas y silenciosas.
Estoy cansado de cargar este dolor.
La fragmentación del alma es desconocida,
la respiración apenas atendida
como forma de desolación.
En cada hálito, siento irme.
Aún guardo la esperanza
de encontrar señales que me ayuden,
me salven de tanta pena.
Quiero intentar, procurar, añorar
la serenidad.