No sé si esto es amor, Princesa,
tal vez solo sea el eco
de una voz que llega tarde
cuando la noche ya decidió quedarse.
Te miro desde lejos,
desde un lugar donde no se tocan las manos
y aun así duele
como si ya hubieran sido mías.
Siento celos,
no de alguien concreto,
sino de la posibilidad:
de todo lo que podría ocupar
el espacio que yo no ocupo.
Me avergüenza admitirlo.
¿Cómo se cela a alguien
a quien nunca se ha visto caminar,
a quien no se ha acompañado
en el silencio real de una calle?
Y sin embargo ocurre.
Porque la imaginación es cruel
cuando no tiene límites,
y yo he vivido demasiado tiempo
en ella.
No quiero poseerte, Princesa,
ni prometerte lo que no sé cumplir.
Solo quise —y aún quiero—
conocerte despacio,
como quien enciende una luz
sin saber si el cuarto
está vacío o lleno de fantasmas.
Si algún día me pierdes,
no será por falta de sentimiento,
sino por exceso de conciencia.
Porque hay hombres
que sienten demasiado
y por eso mismo
no se atreven.