Me arrancaron del jardín para decir tu nombre,
creí que mis pétalos sabían el camino hacia tus manos.
Pero fui broma, apenas un gesto sin destino,
y ahora me marchito lejos de tu mirada.
Caen mis pétalos al suelo, uno a uno,
repitiendo el viejo juego del azar:
“Me quiere… No me quiere…”,
“Me quiere… No me quiere…”,
hasta que en el último susurro
aprendió a callar.
Y aunque no tenga revancha, ni señal,
El amor es perder… y volver a intentar.
De esta herida brota la lección:
Otra flor nacerá con la misma razón,
Y en su tiempo, sin error ni demora,
Habrá manos que la cuiden y la adoren ahora.