UNA PUERTA AL INFIERNO
Capítulo III (Final)
Algunos dicen que no existe cielo ni infierno,
todo está aquí y ahora.
Élodie, insistente volvió al manglar una vez más, cuando ya no quedaban dudas y sí demasiadas sombras. Caminó como quien carga una sentencia en los tobillos. La isla, que antes la acogía, ahora la vigilaba. Los árboles parecían inclinarse para escucharla pasar; el mar, en lugar de cantar, murmuraba advertencias.
Maître Kòfi la esperaba.
No afuera, no en el umbral, sino dentro de la choza, donde la luz siempre llegaba tarde. No habló al verla entrar. Señaló el suelo. Allí, como una herida abierta, el círculo ya estaba trazado.
—Si cruzas —dijo por fin—, no habrá regreso completo.
—Nunca lo hubo —respondió ella.
El palero asintió con una tristeza que ya no discutía.
Tomó un cuenco de madera y esparció polvo de calavera molida sobre la tierra húmeda. El círculo se cerró con una estrella torcida, antigua, cuyos vértices parecían apuntar a lugares que no figuraban en ningún mapa. En cada punta, Kòfi encendió una vela negra. La cera chorreó como si también sangrara.
Prendió un tabaco grueso, ancestral. Aspiró profundo y lanzó el humo hacia arriba, donde el techo parecía respirar.
—Este no es un llamado —dijo—. Es una negociación.
Colocó una tela negra en el centro del círculo y arrojó los caracoles. Sonaron como huesos pequeños chocando entre sí. El aire se volvió espeso. El frío llegó sin aviso, un frío que no pertenecía al clima sino a la ausencia de vida.
Los tambores comenzaron solos.
No afuera. No lejos. Dentro del pecho.
Boumbá… boumbá… boumbá…
Kòfi empezó a hablar en lenguas superpuestas, palabras que se mordían unas a otras. Sus ojos se blanquearon, giraron hacia atrás, como ventanas cerrándose. Su voz ya no era una sola.
—Ustedes vinieron cuando no debían —dijo—. Ahora escuchen.
Las velas parpadearon. Las sombras se despegaron de las paredes. Una presencia se manifestó primero como risa, luego como peso. El suelo tembló. La estrella brilló con una luz opaca, enferma.
—Lo que fue pedido, fue dado —dijeron las voces—. El vínculo está hecho.
—No pedí posesión —gritó Élodie—. Pedí amor.
El tabaco se apagó solo.
—El amor no sobrevive al encierro —respondió algo que no necesitaba garganta—. Tú quisiste certeza. Nosotros te dimos dominio.
Élodie cayó de rodillas. Vio entonces, en el centro del círculo, la imagen de Michael. No como hombre, sino como envase: sus ojos vacíos, su voluntad colgando como un traje viejo. Estaba allí… y no estaba.
—Libérenlo —suplicó—. Tómenme a mí.
Kòfi gritó, pero ya no tenía control. El círculo vibró como un animal herido. Las presencias avanzaron un paso más allá de lo permitido.
—No se puede desatar lo que fue anudado con desesperación —dijeron—. El hilo ya fue quemado.
Los caracoles se quebraron. Las velas se extinguieron a la vez. El frío se retiró de golpe, como si algo hubiera quedado satisfecho.
Cuando el silencio volvió, el palero cayó al suelo, exhausto, envejecido de una sola vez.
—Te lo advertí —susurró—. El destino no se toca. Se acepta o se paga.
Michael regresó a la casa esa noche.
Vivía. Caminaba. Dormía junto a Élodie. Pero no la miraba. No la deseaba. No la rechazaba siquiera. Era un cuerpo ocupado por la costumbre, un hombre al que alguien había apagado por dentro. Comía cuando se le ponía el plato. Sonreía si se le indicaba. Un muerto en tregua con la respiración.
Élodie intentó huir de la isla. El mar siempre se embravecía. Los barcos fallaban. Los aviones se retrasaban por razones que nadie podía explicar. Martinica se cerró sobre ella como una palma lenta.
Los años pasaron.
Kòfi murió sin ceremonias. El manglar se lo tragó en silencio. La choza quedó vacía, pero nadie se atrevió a quemarla.
Élodie envejeció acompañada. Nunca sola. Nunca feliz. Aprendió que hay condenas que no gritan: se sientan a la mesa, duermen al lado, respiran contigo.
Y así, entre tambores que a veces aún se escuchaban bajo la tierra, quedó escrita la lección que el palero había anunciado desde el principio:
No se amarra lo que debe elegir.
No se fuerza lo que nace libre.
Quien toca los hilos del destino
termina enredado en su propia sombra.
Porque algunas puertas, cuando se abren,
no conducen al amor,
sino a una eternidad
sin alma.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2025