El plato vacío sin el pan que venderán mañana
en el supermercado, el control remoto de TV
casi sin pilas, incrustado en
los dedos, la silla postrada bajo el hombre
sentado...
El hombre viendo la realidad que trafica
mañanas y el llamado a definir un futuro...
La pecera sin sus peces, con agua estancada,
la ventana abierta de par en par, sin vista de
horizonte, la reja oxidada; sobre un mueble
viejo la imagen de una mujer de porcelana...
Mirando a una lejanía virtual, inventada.
Una caja de zapatos abierta en el piso, sin nada,
reciclada; papeles con reclamos de deudas
tirados en el piso, la heladera corroída, vacía,
la nada misma...
El techo del cuarto remendado; una maceta
con plantas secas, desplantadas, colgando de la
ventana y la vista hacia la antena de una
planta industrial, plantada...
La mesa sin mantel, el estómago furiosamente
gruñendo y el corazón crujiendo; el billete
extraviado, el ticket por la compra de
productos consumidos respectivo a un
mercado, en bollo desechado...
La revancha olvidada y el plato frío,
el sabor del beso agrio de la ausencia, el color
del olvido, el perfume sin fragancia, la
vagancia marchita, la invitación a la excitación
del alivio al terminar el día (tan pobre como al
comienzo), el diploma que desploma el
destino...
El vaso vacío, el puchero aguado,
el piso de la cocina inundado por la lluvia...
El recuerdo de cosas que uno tuvo, sueña y
quiere...
El anhelo que uno necesita en este mundo,
en el cual no sabe qué suerte impredecible depara...
Hernán J. Moreyra