Epígrafe
Mi casa ya no es mi casa;
tiene ojos grandes
amarrados en el solar.
I
Ahora que la poesía nos habita,
yo sé cuántos gritan tu nombre
y se pintan con el color de tu esperanza.
Sí,
a eso que tú llamas esperanza,
y que aviva el silencio de mi casa.
II
Está vacía su alma de mujeres y de niños.
Ellos apenas corretean
la antesala de mis delirios…
Ellos, los del llanto apagado,
se pasean somnolientos
por paredes de vinagre y sal,
relamen el crucifijo
puesto en el diván.
III
Se marcharon los abuelos
del libro y la postal;
los del cuento
cuando no era la hora de soñar.
Ellos tampoco están,
pero apagaron la tv,
la interactividad,
y unas pequeñas cosas
han dejado en mi solaz:
IV
un perro que maúlla
cuando debía ladrar;
un gato que aúlla
llevando su antifaz;
una lora sorda, ciega y muda
vagando en el zaguán;
un recibo vencido;
cientos de velas
apagándose en la sala principal;
un cuchillo romo en la cocina,
en lo más alto del diván;
y un par de muletas rotas,
por si salgo a caminar.
V
Yo sé cuántos gritan tu nombre
cuando nuestras casas
no tienen pan.
Racsonando Ando (oscar Arley Noreña Ríos)