Una vez más
la soledad me acompaña.
Ella,
que se ha convertido en objeto
de mis poemas
y de mis canciones.
Ella,
que llena mis espacios
de quietud.
De frialdad.
La miro callada
y escojo un buen vino
para celebrar esta ocasión
de un momento más,
de otro día que no se ha de recordar,
de otro instante
para nada especial.
Nos sirvo una copa.
Brindo en silencio
por aquellos que se fueron
sin nunca llegar,
los que pasaron de largo
siguiendo el camino
mientras los veo alejar
desde la orilla.
Elevo mi copa.
Bebo un sorbo,
y sabe a mi vida:
amargo, agrio.
Y es tan grande el silencio
que se traga las palabras,
y me siento enmudecer
de tanto no hablar.
Ya no existen voces,
solo el sonido
de interferencia en mi cabeza,
como un radio
que no encuentra su estación.
Mis labios ya no recuerdan
el sentir de un beso
o una caricia
que roce mi piel.
Ahora solo el vacío me acaricia,
con sus manos pesadas de hastío,
con sus besos que repugnan
de indiferencia.
Y ya el día no amanece,
aunque el sol brille en el cielo.
No en mi día.
No en mi cielo.
No mi sol.
Y me pongo nuevamente mi careta,
la sonrisa que dice que estoy bien,
que la vida es bella,
que no me siento solo.
Aunque solo la soledad
me acompañe.
Y sigo viviendo...
No, no viviendo.
Sigo existiendo entre silencios,
oculto detrás de una sonrisa,
donde solo la soledad
sabe quién soy.