Yalmar Acosta

Solo la Soledad Sabe

 

Una vez más

la soledad me acompaña.

 

Ella,

que se ha convertido en objeto

de mis poemas

y de mis canciones.

 

Ella,

que llena mis espacios

de quietud.

De frialdad.

 

La miro callada

y escojo un buen vino

para celebrar esta ocasión

de un momento más,

de otro día que no se ha de recordar,

de otro instante

para nada especial.

 

Nos sirvo una copa.

Brindo en silencio

por aquellos que se fueron

sin nunca llegar,

los que pasaron de largo

siguiendo el camino

mientras los veo alejar

desde la orilla.

 

 

Elevo mi copa.

Bebo un sorbo,

y sabe a mi vida:

amargo, agrio.

 

Y es tan grande el silencio

que se traga las palabras,

y me siento enmudecer

de tanto no hablar.

 

Ya no existen voces,

solo el sonido

de interferencia en mi cabeza,

como un radio

que no encuentra su estación.

 

Mis labios ya no recuerdan

el sentir de un beso

o una caricia

que roce mi piel.

 

Ahora solo el vacío me acaricia,

con sus manos pesadas de hastío,

con sus besos que repugnan

de indiferencia.

 

Y ya el día no amanece,

aunque el sol brille en el cielo.

 

No en mi día.

No en mi cielo.

No mi sol.

 

Y me pongo nuevamente mi careta,

la sonrisa que dice que estoy bien,

que la vida es bella,

que no me siento solo.

 

Aunque solo la soledad

me acompañe.

 

Y sigo viviendo...

No, no viviendo.

Sigo existiendo entre silencios,

oculto detrás de una sonrisa,

donde solo la soledad

sabe quién soy.