Pastora y Voz del Alba (Ascético)
La aurora se recoge sobre la tierra umbría
y un halo de pureza recorre mi alrededor.
Despiertan las ovejas con blanca melodía
que asciende por el valle buscando al Creador.
La bruma se disipa con tímida ironía
y deja que mis ojos descubran su esplendor.
Resuena en mis sentidos la honda teogonía
del Niño que en la cuna disipa todo error.
El canto de los pájaros parece una plegaria
que sube por el cielo sin pena ni rumor.
Y yo, pastora humilde, recito en solitaria
memoria la presencia del Niño Redentor.
Oh Alba, que proclamas la dicha necesaria
concédeme tu calma, tan pura y sin temblor.
Guarda mi fiel vigilia del ruido y la prisa
que nublan el oído del llamado interior.
Haz de mi pobre choza un altar sin cornisa
donde habite el silencio que engendra fervor.
Que el día no me robe la luz que improvisa
tu paso delicado, pastor y Señor.
Si vuelve alguna noche con peso de ausencia
y el miedo me asedia con torpe clamor,
recuérdame en secreto tu débil presencia
pequeña y eterna, nacida en amor.
Así, entre la sombra y la humilde paciencia
velaré tu promesa, Cordero y Pastor.
Y al caer de la tarde, sin sombra sumisa
conserve mi alma su primer resplandor.
El Niño en la cuna. No hay truenos ni revelaciones extraordinarias. El error se disipa por la humildad de Dios, no por el esfuerzo intelectual del alma. Ascéticamente, esto remite al abandono de la soberbia espiritual: Dios se deja encontrar pequeño.
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