Anoche cambié el hábito
de soñar con mi muerte.
Fue algo peor,
decididamente más grave:
soñé con vos.
Y resulta que allá,
en esa tierra fértil de ilusiones,
también se me hizo urgente y difícil
encontrar la manera exacta
para que vos me quisieras.
Hubo un cúmulo de excusas,
una pared de pretextos,
y al final no pude acercarme
como yo y este cariño obstinado
queríamos.
Para colmo perdí los zapatos
y no sé por qué
me sentí incapaz de andar sin ellos
como si el coraje dependiera de
no andar con los pies desnudos.
Fue ahí cuando entendí la derrota:
si allá no pude,
es porque acá, en la vigilia,
tampoco me sé de memoria
los pasos que llevan a tu puerta.
Es una decepción rotunda
y duele darse cuenta
de que ya no sirvo
ni para alcanzarte en sueños.