Odio la piel. Odio esa palabra que siempre se queda en el borde de la lengua, esa palabra que no se si existe si quiera.
Odio las miradas que no son de amor y de deseo.
Odio las miradas que sienten pena y cansancio, que engañan para no dañar pero acaban por sangrar.
Odio con ello tus ojos, que acostumbran a callar y sienten lástima cuando podía verme y ahogarme en el calor de ellos
Odio la vergüenza, la que te come, te envuelve y te hace querer mudar la piel; la vergüenza de fallar en lo más primitivo y humano.
Odio las palabras, pero bien se sabe que odio más el silencio