racsonando

🍾🪇¡Bocadillos y picardías!🪇🍾

🤣Bocadillos y picardías🤫

 

Cuando alguien escribe en las alturas,
y se engalla —tantas veces— con voces sacras,
te escribe para que subas,
para que vueles,
para que rompas las ataduras
bajo el brillo de tintas santas.

 

Escribe enardecido de voces:
voz de trueno, voz que late,
voz que en el aire se desboca;
lanza en ristre, pecho en combate,
y un tridente que en su brote
mil colorines provoca.

 

Y a su vieja usanza antigua,
entre designios y ardores,
van cantándole a la patria
sus banderas sin colores,
mástiles de luz perdida,
estandartes de dolores.

 

Con el trino del jilguero
se declaran filibusteros;
saltan recios, van ligeros
esos bribones troveros.
Y aunque gobierne Don Dinero,
poema es poema… y primero.

 

Que de rosales prefiero,
o romeros cabizbajos,
cada uno en su florero:
vasija, candil y atajo;
y el poeta, pendenciero,
en la esquina de su cuajo.

 

Que en amores y remedos
el tal Romeo va primero,
y doña Rosa, entre ruedos,
se perfuma con esmero,
con su almizcle, su sendero,
y su fiel y buen jardinero.

 

Si en pulpas de verbena
se nos cuela un embustero,
¡ay!, qué pronto se encadena
su relumbre pasajero.
Porque al verso de cantina
no le esquiva ni un rocinero:
cae en risa clandestina,
dos susurros… y un desliz sincero.

 

Que si un poeta se engalla
con sus trovas de corral,
ya verás cómo resuella
cuando el ritmo le va mal.
Del pregón al zapateo,
del lucero al faldellín,
el verso pide recreo…
y se empina en su violín.

 

Hay quien canta por lo bajo
su ronquido de alquitrán,
pero en medio del atajo
se le enciende un talismán:
una musa peperina
que lo muerde sin afán,
y en la risa cristalina
le derrama su refrán.

 

Y si al fin pide clemencia
un soñador zalamero,
pues la risa —en su indulgencia—
le ha torcido el cabestrero,
no culpe a la musa errante
ni al destino guitarrero…

 

Que el poema, cuando prende,
se hace fuego verdadero:
quema pulpas, rompe dientes,
pone firme al más bravero.
¡Y entre bromas impertinentes
desnuda al último sincero!

 

Por eso, entre risas y dichos,
entre romero y candil,
quien juega con los caprichos
del verso pícaro y febril,
solo aprende un acertijo:
¡el poema —por travieso—
siempre termina en fusil!

 

Racssonando Ando (Oscar Arley Noreña Ríos)