¡Perdónalos, Mi Señor,
porque no saben lo que hacen!
Entre tus carnes llagadas,
más aflicciones calladas,
se elevó Tu voz doliente:
por tus hijos, da clemencia.
Señor mío, Tú lo sabes,
entre todo lo sabido:
que fe y devoción vacilan
en prisioneros del polvo,
con juicio débil y pobre,
incapaz aún de verte.
Tus siervos, desde este mundo
efímero, ajeno al tuyo,
en humilde reverencia,
se prosternan ante Ti
en ritos, vanos intentos:
humanizar lo divino.
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