Hay manos que rondan la mesa del destino
como ladrones de feria buscando
la chispa ajena,
ese polvo de estrellas que no supieron crear.
Extienden sus dedos de humo,
sus sonrisas de escaparate,
sus trucos viejos envueltos en celofán digital,
creyendo que pueden arrancar
la raíz que no sembraron.
Pero la magia —la verdadera—
no es moneda de cambio ni trofeo de vitrina.
Es una criatura testaruda,
una brújula con hambre de nombre,
que reconoce el pulso que la llamó
cuando aún era apenas un temblor en la sombra.
La varita, por más que la oculten,
por más que la disfracen de plástico barato
o la exhiban como botín
en el mercado gris de egos prestados,
no se deja secuestrar.
Vibra.
Se inquieta.
Tiembla hacia el lugar
donde late su dueño verdadero.
Porque lo que es de uno,
aunque lo entierren bajo los ruidos del mundo,
aunque lo maquillen con sellos ajenos,
regresa.
Tiene memoria de raíz
y un instinto feroz de pertenencia.
Tarde o temprano abre túneles en el tiempo,
rasga la niebla,
derriba los nombres falsos
y vuelve a posarse en la mano que la soñó.
Así, mientras algunos intentan
hurtar voz, impronta o destino,
el universo se acomoda, la capa sonríe,
y recuerda la regla más antigua:
la magia reconoce a su creador,
la palabra vuelve a su poeta,
y la varita —siempre—
elige a su mago.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2025