A un mensajero
Al hombre que la vida es primorosa,
orando por el bien de sus ovejas;
el cielo le descifra moralejas
y todas, son las mieles de las cosas.
Que nunca busca honores, que reposa
palabras de verdad que rompen rejas:
y lleva mil consejos a las parejas
cual pétalos sublimes de una rosa.
Tampoco teme al tiempo que se enfría,
tan solo la simiente es que derrama:
pues siembra la esperanza cada día,
la fe más el amor con que se ama.
Por eso espera frutos sin falsía
y en surcos de conciencia eterna clama.
Samuel Dixon