Alberto Escobar

Te me cociste todaaa

 

 

 

Te cociste. 
Tu postración, tu soledad
elegida no sin antes obligada,
tu orgullo idiota, innecesario,
educacional, tu manera de es
tar en este mundo, tu descrei
miento, tu obstinación tan obs
tinada...
Te me marinaste en tu propia sal
sa, te me encerraste en un mundo
sin ventanas ni patios traseros,
te me huiste y nos huiste sin permi
so, sin aviso, sin esperarlo...
Te aliñaste con aceite hirviendo;
un amor que arrancó repentino,
con la fuerza de un huracán, y
que dejó sobre tu esponjosa tierr
a un régimen de lluvias que no s
upiste eujugar, que tu alcantaril
lado, escaso, romano, petó defini
tivo ante tanta avalancha, y era
tanto el desagüe que ni el habitu
al alivio que las fuerzas y cuerpos
de seguridad del estado suelen pro
porcionar cuando acuden, ni eso, 
pudo achicar el mar que se te vin
o sobre tu espalda, tan abundoso, 
tan inabarcable...
Te me salaste en salmuera en tu en
cierro voluntario; el trabajo —t
u sustento necesario— se te dem
oronó entre los dedos, y sin recu
rsos, tu alma era paloma herida,
a merced del más débil de cualq
uiera de tus habituales depredad
ores, y no tuviste la energía, el v
alor, la presencia de ánimo sufic
iente para reaccionar, para coger
al toro por sus poderosos cuernos
y doblegarlo de rodillas, vencido. 
Te me cociste, sí, y de rebote, sin ten
er la cintura necesaria para esqui
varte, me cocí también, contigo, y
o mismo, en mi mismidad más ín
tima, y aquí yago, sumido en la s
ima de un colchón nuevo, que cual
falla se me va separando de sus mu
elles, de su viscolátex, de sus costu
ras....