¿Por qué amo al poema?
Antes del nombre, estaba el verbo.
Antes del silencio, el suspiro.
Yo busco en ese lugar —sin mapa—
la criatura que lo habita: el poema.
El poema es juicio y es perdón:
persigue a su ladrón, razona.
Es herida y es cura: te contempla,
—cual bribón— te ampara.
Es trueno que rompe la noche,
llovizna que recoge lo que queda.
Es niño que pregunta lo imposible,
anciano que recuerda lo que olvidamos.
Es mujer y es hombre: se inclina,
te levanta, te nombra.
Es pueblo y es sombra: te guarda los pasos,
te sigue los sueños.
Es brasa en la lengua, lámpara
que revela lo que escondes.
Es culpa y absolución: te señala,
—cual testigo— entiende.
Y entonces, invoca, trastoca, convoca.
Te toca.
Porque el poema lo ve todo,
aun lo que callas.
Lo siente todo,
aun lo que niegas.
Lo dice todo,
aun cuando desdice.
Respira tu secreto,
arregla tus ruinas sin tocarte,
abre tus puertas sin saber tu nombre.
Te hiere para despertarte,
te salva sin pedir retorno.
Por eso lo amo:
porque no exige, solo revela.
porque no enseña, solo despierta.
porque no promete, pero transforma.
Amo al poema
porque me persigue, me razona,
me desarma,
y aun así, cuando me encuentra,
me ampara.