Sobre el monte, monte umbroso,
crecen pinos casi negros.
Canta el pájaro en voz baja,
El lobo tiembla de miedo.
Y el cordero que es humilde,
vestido de mensajero
suena una vieja corneta
con un metálico acento
para que todas las ratas
vayan a sus agujeros.
Es en ese oscuro monte
donde la luz no penetra,
que se oculta el largo beso
de la sombra con la niebla.
Y llegan las tiernas voces
de párvulos desde el pueblo:
“El que pueda hacer que lo haga,
y el que no, que espere quieto,
que después vendrá la feria
con sus vivos y sus muertos.
Con sus payasos, sus fieras
y trampantojos secretos”.
¡Niños, callad esas voces
que a mí me suenan de muertos!
Que hacen más oscuro el monte
y traen malos recuerdos.
Pero al callarse las voces,
mil querubines de negro
con guadañas afiladas
tiñeron de un rojo intenso,
la oscuridad y la niebla.
¡Y el largo y siniestro beso!