El Cronista sin puerto

Noche con Monstruos.

En estas noches hondas me desvelo,

con un dolor antiguo en la garganta.

La sombra pasa y pasa por mi pecho,

como un martillo oscuro que no canta.

 

Me duele el cuerpo, sí,

me duele el hueso más pequeño,

ese que nadie nombra ni recuerda;

y a veces siento que me apago entero,

como si Dios me diera media muerte

y luego me soltara a media vida.

 

Ay, mis monstruos,

los que nacieron en Cusco aquella tarde,

los que me siguen fieles desde entonces

como perros sin dueño que me huelen.

 

Ellos conocen mi nombre en voz baja,

me llaman desde dentro,

me empujan la cabeza hacia la noche,

me soplan frío en el costado izquierdo.

 

Y yo, que intento,

que intento y no termino,

me abrazo a mí, me busco en mí, me pierdo.

 

A veces duermo, sí,

pero duermo herido:

con el pulmón al borde,

con la ansiedad durmiendo en mis rodillas,

con un reloj sin horas en la frente.

 

Y cuando vuelvo —siempre vuelvo—

regreso como un hombre desarmado,

con la palabra rota en la saliva,

con un silencio tenso en la columna.

 

Oh noche mía,

déjame al menos este verso firme,

este latido incierto,

este temblor que escribo porque late.

 

Si he de caer, que caiga escribiendo;

si he de seguir, que siga con mis monstruos;

que siga con mi sombra y mi desgano;

que siga, aunque me duela, hacia la aurora.

 

Porque aún respiro,

y mientras siga vivo en esta herida,

todavía puedo hacerme un sitio en mí,

todavía puedo hablarme con ternura,

todavía puedo arder…

aunque sea lento.