Recogió un reloj sin manecillas de un basurero,
pensando que algún día volvería a marcar la hora.
Lo limpió, lo pulió, lo colocó en su mesa
y esperó años a que diera un solo tic.
Nada ocurrió. Se cansó. Lo dejó ahí, quieto.
Pero una madrugada,
cuando ya no esperaba nada,
el reloj no marcó la hora…
marcó una luz.
Una pequeña luz que no había visto antes,
como si el tiempo, en silencio,
hubiera aprendido a brillar en lugar de avanzar.