Te soñé una noche clara,
corriendo por mis sentidos;
y mi corazón dormido
despertó cuando llegabas.
El sueño me revelaba
unas líneas sobre piedra:
“somos uno en la distancia,
aunque el mundo no lo quiera”.
Lo juramos en el abra,
tan ardiente y tan estrecha;
cuando el aire, casi a tientas,
nos unía con inercia.
Y yo, torpe y anhelante,
como un gañán fatigado,
sentí que soñar contigo
remendaba mi costado.
Porque hay sueños que regresan
sin permiso y sin ruido;
te revuelven toda el alma
y recuerdan lo perdido.