Cae la luz del día
en los congelados párpados del agua.
Llega y se pega en las paredes viejas
y en el sueño ligero
de los utensilios dormidos en la mesa.
En aquellos trastos sombríos, sin alma,
arrumbados
en el rincón mohoso de las desdichas.
Su presencia duerme
en el cuerpo sudoroso del hastío;
agiganta el cochambre
de los muros umbrosos.
La tarde revienta el mugrero acumulado
en una vieja y parda celosía;
es entonces que el desacierto
se licua en mi boca
como un discreto
manojo de pesadumbre.