He vivido, sí, a mi manera,
con el alma a cuestas y el corazón descalzo.
No pedí permiso al viento ni a las estrellas,
fui labrando mi sendero, a golpes y a abrazos.
Me equivoqué, claro, como todo hijo de vecino,
pero nunca traicioné la voz que me habita.
Seguí mi instinto, terco y peregrino,
aunque el mundo gritara que estaba maldita.
¿Que si sufrí? Pues sí, la vida es un garrotazo,
pero aprendí a bailar con las cicatrices.
A reír a carcajadas en pleno fracaso,
a quererme a mí mismo, sin artificios ni dobleces.
Así viví, a mi manera, sin más dogma que el alma,
sin más ley que el latido del propio pecho.
Y si mañana me toca besar la calma,
me iré con la frente en alto y el espíritu satisfecho.