Era un tiempo de espigas.
No pasaba nadie por las veredas
de la noche.
En la iglesia se escuchaban
cantos antiguos y lamentos ancestrales
repicando en los tejados.
Nos vestíamos con la ropa
que cubría el destierro
de un invierno, que no moría nunca.
Y protegíamos las puertas
y todas las ventanas de los
continuos desaciertos.
Entre hilos de lluvia se
escuchaban los trenes
y el mundo nuestro, con las rodillas
hincadas...en la tierra fría.
L.G.