Se mira en el charco, no por ingenuo, sino porque prefiere la falsa quietud de un cielo atrapado en el fango al vértigo del abismo real. El charco le devuelve una luna domesticada, un destello sin demanda, una hondura a su medida: efímera, plana y segura. Por eso huye del océano, donde su sed se ahogaría en la verdadera inmensidad, que no se deja poseer, solo habitar. Y en su sequía elegida, confunde el hambre con el banquete, besando el lodo que le miente.