Huellas del Tiempo
(Wcelogan)
No es fácil mirar en tus manos el rastro,
las huellas lentas que la edad va sedimentando,
como si cada línea guardara un testigo
que solo despierta cuando lo invocan.
El brillo en tus ojos, antes centinela firme,
ahora arde despacio, fuego pensativo,
una luz que examina sus propias ruinas
antes de decidir si aún quiere encenderse.
No es sencillo abrazar lo que eres ahora
cuando la espalda habla en lengua torcida,
y el alma —agotada de tanta vigilia—
cede ante recuerdos que muerden en silencio.
El mundo se repliega; su claridad se dispersa.
Los nombres se disuelven en la saliva del día.
¿Quién queda a tu lado? ¿Quién, entre tantos,
se atreve a mirarte sin quebrar su sombra?
Pero hay algo detrás de la penumbra quieta:
un latido oculto que todavía te busca.
Perdiste la carrera de aquella primavera,
pero ganaste la noche que comprende tu pulso.
Tu piel no es un mapa: es territorio sensible
donde el tiempo escribe con lengua nocturna.
Y el pecho —ese cofre de música intacta—
guarda melodías que regresan cuando todo calla.
Envejecer es un pacto firmado en silencio,
un viaje sin brújula hacia un borde invisible.
Toca con ternura las marcas del tiempo:
en cada pliegue tiembla una memoria que no cede.