Todos llevamos un niño adentro…
Eso lo recordé esta mañana
cuando lo vi… cuando me vi… allí en el suelo,
al borde de la escena con herida que sangraba…
Hoy lo vi en el subte, vendía pañuelos,
pero el reloj me poseía y me embrujaba,
el tiempo todopoderoso me reclamaba puntual al encuentro.
Hubiera sabido que no iba a ningún lado, paraba.
Hoy vi a aquel niño de cabello ceniciento.
Y me dijo algo. Quería advertir mi desgracia.
No pude oírlo. Sonó mi celular en aquel momento.
Con su carita sucia me vio alejarme puntual a la nada.
Hoy vi a aquel niño y vi su triste mirada…
Vi los harapos que cubrían su cuerpo,
vi sus manos curtidas y su pancita hinchada,
y al caballo de calesita que no cabalgó, en sus ojos sedientos,
sedientos de sueños, y un barrilete que volaba,
volaba solo, en el éter de sus anhelos…
Pero ignorando su miseria me alejé
así bien vestido como iba yo…
La pregunta que no me hice era … “¿por qué?”…
si mi traje no me hacía superior…
¡No!
Aquel segundo logró igualarnos por primera vez…
Esa avenida que cruzaba con impulso cegador
se quedó con mi traje, mi celular y mi vida de papel.
Sin saber que aquel que esta mañana me miró
con mirada cristalina que esquivé,
para no darle una moneda, pues llevaba billete de dos…
aquel niño interno que no escuché…
aquel niño con mirada de redentor…
aquel niño con los ojos color del café…
aquel niño con mirada de Cristo…
…aquel niño…
…era yo…