Rafael Blanco López

Atardecer en su aliento

La tarde cae,

lenta,

como un suspiro que se niega a morir.

 

Porque el cielo se inclina hacia sus ojos,

y todo el horizonte se vuelve a su mirada.

 

La luz entiende del amor en ella cuando el sol acaricia su piel,

y el tiempo se detiene en la comisura de sus labios,

clara,

suficiente y breve de sonrisas.

 

Yo solo la miro.

 

 Perdido en la quietud de su latido,

como temiendo romper un sueño si respiro demasiado fuerte.

 

Y es que si el mundo hecho de momentos se disolviera en un instante,

me quedaría su piel,

impregnada en la mía,

y el rumor de su voz en mi pecho,

ante algún pequeño temblor de sabernos juntos,

como el atardecer entregado al mar.

 

Porque sé. Que como siempre, y cuando el último rayo se apague, ella apoyara su frente en la mía y mi universo cederá paciente, al entender que amar, es también otra forma de encontrar un bello atardecer,

perdidos, en cada uno de nuestros días.

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Rafael Blanco López

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