La tarde cae,
lenta,
como un suspiro que se niega a morir.
Porque el cielo se inclina hacia sus ojos,
y todo el horizonte se vuelve a su mirada.
La luz entiende del amor en ella cuando el sol acaricia su piel,
y el tiempo se detiene en la comisura de sus labios,
clara,
suficiente y breve de sonrisas.
Yo solo la miro.
Perdido en la quietud de su latido,
como temiendo romper un sueño si respiro demasiado fuerte.
Y es que si el mundo hecho de momentos se disolviera en un instante,
me quedaría su piel,
impregnada en la mía,
y el rumor de su voz en mi pecho,
ante algún pequeño temblor de sabernos juntos,
como el atardecer entregado al mar.
Porque sé. Que como siempre, y cuando el último rayo se apague, ella apoyara su frente en la mía y mi universo cederá paciente, al entender que amar, es también otra forma de encontrar un bello atardecer,
perdidos, en cada uno de nuestros días.
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Rafael Blanco López
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