Para quien se atreve a robar instantes funestos, a cerrar los ojos y sentir cómo la penumbra dibuja contornos de un deseo sin tregua. Para quien reconoce en el tacto de escarcha un fuego que eriza la piel como pétalo vivo, y en el pulso antiguo, un susurro que guía hacia ecos de memorias ancestrales. Que estos versos sean el testimonio de que hasta en lo espectral y en lo que parece ceniza, arde un amor helado que solo espera un latido compartido para renacer en la noche eterna.