El exceso de azúcar debilita, me decía,
mientras removía el café con una calma casi mística.
como si cada vuelta pudiera enseñarme algo que yo aún no sabía ver.
Yo me reía, claro.
¿Cómo podía hacer daño algo tan insignificante?
Tardé tiempo en entenderlo.
El azúcar no era ese polvo escondido en sobres,
ni los bombones que se guardan en cajones para endulzar un mal día.
Era otra cosa.
Estaba en las palabras que te acarician rápido y te arañan después,
en la gente que deslumbra al principio y te deja vacío al final,
en las promesas que se derriten sin ni siquiera llegar a tocarte.
Descubrí que hay encantos que arrasan más que cualquier tempestad.
Y que, muchas veces,
lo que más deseas es justo lo que más te agota.
Desde entonces,
cuando alguien aparece sonriendo demasiado,
brillando demasiado, prometiendo demasiado,
vuelve a mi cabeza aquella voz del pasado.
Y dejo de mover la cucharilla.