‘aquella noche que deseaba devorarse,
y la traviesa que ardió por otro amanecer’
Es tarde.
La noche, cruda,
ha decidido no decorar con estrellas
este cielo.
Gélidas atormentan
en consenso con las ventiscas.
Y se me nublan los ojos;
el vacío parece devorar la luz—
en su crimen— me está dejando ciego.
La desdicha despecha al mundo
que se resigna a llorar;
lo sé,
pues sus lágrimas hacen sentir su tristeza.
Sentía, pronto,
que este sería mi último suspirar.
Tú, radiante escurridiza,
me dejas ver una vez más.
¿Te quedarás bajo la lluvia?
Milagrosamente,
le dejas al silencio la respuesta.
El caos se vuelve nada;
tu cadencia, la regla.
El final nunca se consuma,
y tú eres la responsable de ello.
Gracias por ser cobijo,
por ser aliento,
por ser visión,
por ser propósito.
Abrázame,
y átame a tu serena.
Juremos —aun siendo de mala educación—
en forma de lirio,
para que nunca marches.
Restaura los brillos,
las boreales,
la vida.
Y ahora,
en este momento,
en este fragmento de paz,
disfrutemos.
Pues…
Aquí nos tenemos.
Aquí te tengo.
Y dime…
¿Nos quedamos un rato más
bajo la lluvia?