En esta tarde turbia se lacera mi conciencia,
retumba la nostalgia con su ortiga clandestina,
y siento que mi niño, con su fe cristalina,
se hundió bajo mi sombra, despojado de inocencia.
He vivido sin su risa y esa es mi penitencia.
El pequeño que fui solloza en mi espesura,
reclama la ternura que jamás supe entregarle,
yo sólo pude herirle, sólo pude mutilarle
la música del alma con mi áspera cordura.
Su llanto es el espejo de mi propia quemadura.
Se arrincona en mi pecho como un dios desamparado,
implora luz y juego, pero ofrezco bruma y ruina,
y el peso de mi vida, con su máscara mortecina,
confirma sin reparos que lo tengo sepultado.
Soy un adulto yermo por haberlo traicionado.
Aquel niño que fui sostenía sueños puros,
alzaba luminarias con su fe incombustible,
creía en la belleza, en lo simple, en lo imposible,
vivía sin los cortes que hoy desangran mis futuros.
Yo cargué sus heridas… y él era de los más puros.
Perdóname, pequeño, por quebrar tus alegrías,
por volverme este ser taciturno e incoherente,
compréndeme en la niebla que marchita mi presente,
soy sombra de tu risa, soy invierno en tus poesías,
mas intento rescatarte en mis ruinas cada día.