En los callejones fieros
llegué distinto, extranjero,
con pasos de forastero
y sueños siempre sinceros.
Entre ritmos y tonderos,
la esquina marcó destino,
aprendí del mismo trino
que en cajones se desborda,
y vi que en la vida importa
más el alma que el camino.
Me abrió puertas la cultura,
la palabra sonó fuerte,
las palmas batieron suerte
y el barrio curó mi herida oscura.
Pero al verme en la figura
de un joven de piel distinta,
me juzgaron sin la tinta
que en el corazón se escribe,
y entre lo que el barrio vive
mi historia empezó su pinta.
Las miradas de mujeres
me traían luz y espanto,
entre orgullo, celos, llanto,
y unos falsos balandres.
Hubo noches que me hicieron
ver de cerca la puñal,
una sombra criminal
que rozó mi carne viva;
la vida, firme y altiva,
me guardó en su pedestal.
Hoy camino en los tambores,
la sangre sabe del son,
llevo en el mismo cajón
mi respeto y mis valores.
No hay colores superiores,
ni fronteras en la voz,
el barrio me hizo feroz,
yo aprendí su identidad:
la lucha y la libertad
también me hicieron de Dios.