Canelita

IV.

¿Has sentido ese vacío

que empieza como un rasguño torpe?

Al principio se tolera, arde y duele.

Nada grave.

Eso crees.

 

Pero vuelve.

Se abre paso como moho en una esquina,

silencioso, paciente,

hasta ocupar paredes que jurabas firmes.

 

Y ya no es rasguño,

es hueco.

Un pozo sin fondo

que mastica despacio,

con modales,

como si te hiciera un favor.

 

Primero te roba el sueño.

Luego te arranca las ganas.

Lo que amabas —dibujar, tocar, crear—

se vuelve recuerdo,

no acto.

 

Pospones.

Mañana.

El lunes.

El mes que viene.

Y el vacío se cruza de brazos

como quien observa a un niño prometer

que esta vez sí.

 

La voz también se apaga;

no porque no tengas qué decir,

sino porque te convences

de que nadie escucha.

 

Un día te miras al espejo

y falta algo.

Puede que sigas tú,

pero falta un pedazo:

una chispa,

un latido.

 

Y duele —no por el hueco—

sino por todo lo que arrastró consigo:

sueños, planes, ese brillo que era tuyo.

Piensas que fue tu culpa,

que dejaste la puerta abierta,

que lo dejaste entrar.

 

Y te preguntas por qué.

¿Por qué sin moretones?

¿Por qué sin gritos,

sin portazos,

sin historias rotas que expliquen la caída?

Solo la tibia bienvenida de lo cotidiano…

¿Por qué uno puede perderse

sin un desastre que lo nombre?

 

No lo sé.

Solo sé que todo empieza igual:

con un

“¿Por qué…?”

 

 

 

- Canelita