Crónica del Bosque y La Montaña
Allí donde el riachuelo susurra canciones antiguas a las piedras lisas,
las libélulas tejen con sus alas un velo brillante sobre el agua quieta,
y el ciervo bebe con recelo, alzando su cabeza coronada ante el menor sonido,
mientras la luz del ocaso dora la espalda de la montaña lejana y serena,
y el zorro rojo se desliza como una sombra entre los helechos húmedos.
El coyote canta su soledad a una luna que pinta de plata los picos rocosos,
y las abejas dormitan dentro de sus colmenas ocultas en los troncos caídos,
mientras el grillo responde con su violín nocturno desde la hierba fría,
y un millar de luciérnagas encienden sus faroles en la oscuridad profunda,
bailando alrededor de las flores que han cerrado sus pétalos para la noche.
El musgo es una alfombra verde que cubre las raíces de los árboles ancianos,
donde la salamandra se esconde con su piel de terciopelo manchada de rocío,
y el búho observa inmóvil el mundo desde su rama, con ojos ámbar,
mientras el aroma de los pinos se mezcla con el perfume de las rosas silvestres,
y el viento lleva en su aliento el misterio de las cumbres inalcanzables.
Un enjambre de mariposas pinta el aire con colores de ala fugaz y delicada,
revoloteando sobre el campo donde los conejos juegan entre las madrigueras,
y el halcón dibuja círculos perfectos en el cielo despejado de la mañana,
mientras la ardilla salta de rama en rama con su cola esponjosa al viento,
almacenando recuerdos de nueces en la despensa hueca del viejo roble.
La montaña se viste con el manto cambiante de las estaciones que transcurren,
y en su falda crecen los cardos y las amapolas que mece la brisa suave,
mientras el colibrí bebe el néctar de las campanillas colgantes con su pico fino,
y la serpiente de cascabel se enrolla al sol para calentar su sangre fría,
en un rincón soleado y protegido entre las rocas ásperas y grises.
El lobo gris aúlla con su manada en el crepúsculo, un coro de ecos ancestrales,
y el oso pardo camina pesado junto al arroyo en busca de peces plateados,
mientras el castor construye su casa de ramas en el estanque de agua tranquila,
y la trucha salta rompiendo por un instante el espejo de la superficie límpida,
dejando anillos concéntricos que se expanden hasta llegar a la orilla.
Las flores silvestres inclinan sus cabezas bajo el peso de las gotas de lluvia,
y el saltamontes lanza su cuerpo como un resorte sobre los tallos verdes,
mientras el petirrojo construye su nido con hierbas y barro en la enredadera,
y el rocío de la madrugada brilla como un collar de diamantes en la telaraña,
que la araña teje cada noche entre las ramas del espino blanco y florido.
El otoño llega con sus dedos de fuego tocando las hojas del arce y del álamo,
y el viento seco arrastra los frutos secos que caen de las ramas sacudidas,
mientras el puercoespín camina lento con sus púas erizadas como un escudo,
y la comadreja se desliza veloz como un rayo por la maleza espesa y dorada,
buscando los huevos escondidos en los nidos abandonados de los pájaros.
El invierno cubre la montaña con su sábana blanca de nieve silenciosa y fría,
y el caribú deja sus huellas profundas en la ladera desolada y ventosa,
mientras el búho nival abre sus alas sobre el paisaje inmóvil y puro,
y el zorro ártico se vuelve una mancha fantasma sobre la llanura helada,
rastreando el movimiento diminuto de los ratones bajo la capa congelada.
La primavera despierta con el coro de los sapos en los charcos de deshielo,
y los brotes verdes rompen la tierra endurecida por el frío del invierno,
mientras la marmota asoma su cabeza curiosa desde su madriguera oscura,
y el águila calva traza su vuelo poderoso sobre los glaciares derretidos,
anunciando con su grito el renacer de la vida en cada rincón del valle.
El verano madura las moras en las zarzas que trepan por las laderas pedregosas,
y la miel gotea de los panales salvajes escondidos en los riscos altos,
mientras la cabra montesa salta con seguridad asombrosa entre los precipicios,
y la sombra de los buitres cruza el suelo rocoso como un presagio tranquilo,
en el gran silencio solo roto por el rumor lejano de un torrente de agua.
La vida pequeña bulle en la hojarasca húmeda y en la corteza de los árboles,
con hormigas llevando hojas como velas de barcos en un mar de tierra,
y escarabajos brillantes como joyas vivas bajo la luz filtrada del follaje,
mientras la oruga teje su capullo de seda en la rama más baja del saúco,
esperando la transformación que la llevará a volar con las brisas cálidas.
La montaña guarda en sus pliegues secretos la historia de todos sus habitantes,
desde el liquen más minúsculo que pinta las piedras con colores tenues,
hasta el puma que duerme en su cueva con los ojos entrecerrados al sol,
mientras el río talla con paciencia milenaria su cauce en la roca dura,
y el eco repite los sonidos del bosque en una conversación eterna.
Al caer la noche, el cielo se llena de estrellas que titilan como ojos lejanos,
y el murciélago surca el aire crepuscular cazando mosquitos invisibles,
mientras el lirio nocturno abre su flor pálida para perfumar la oscuridad,
y el mundo se sumerge en un sueño profundo bajo la mirada de la luna llena,
que baña de plata los senderos vacíos y las copas de los cedros altos.
Y así, en el ciclo eterno de los días y las noches, de la luz y la sombra,
cada criatura encuentra su lugar y su razón en este paisaje inmenso,
desde el gusano que cava su túnel en la tierra húmeda y fértil,
hasta el águila que anida en la grieta más inaccesible de la peña,
todos son parte del gran latido del corazón de la naturaleza salvaje.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, USA
Noviembre, 2025